El día “D”: antes de la operación

Columna de la editora María Pastora Sandoval.


Ese día jueves 4 de noviembre me levanté temprano, fui a cobrar un cheque y después fui a la isapre a ver los últimos detalles del presupuesto. Después de eso en mi bólido me fui rauda a la Clínica Las Lilas, donde tenía que estar a las 10.30 de la mañana.

Por mi cabeza pasaban muchas cosas, pero más que nada tenía ya mucha ansiedad de que la operación fuera luego y tratando de olvidarme del video que me mostró mi doctor, Álvaro Garay, de una manga gástrica. Ahí me venía toda la cobardía…
Nunca había estado en una cirugía, por lo mismo, no tenía mucha idea de siquiera la cantidad de papeles que uno tiene que firmar y cómo funciona todo: después te llevan en una silla de ruedas en tu habitación donde tienes que ponerte esas batitas en las que se te ve toda la espalda (¡sí, hasta la rayita! jeje) y ahí me hicieron un examen de sangre, me hicieron toda clase de preguntas. Y esperar.

Desde que llegué a la clínica estuve acompañada por mi papá, hincha número 1 de que me hiciera la gastrectomía. Él también me guiaba un poco sobre las cosas que iban pasando.

Ya casi sobre la hora de la intervención tenía demasiada hambre: el día anterior a la operación hay que tomar sólo líquido, los 4 días anteriores no hay que comer carnes rojas y el día mismo se llega en ayunas. Y yo pensaba ¡¡¡por qué no me comí antes esas galletas y el chocolate que están en mi casaaaaaaaa!!! Pero ya era tarde jeje.
Estaba tan preocupada de no comer algo indebido que llegué a soñar que comía una lasaña y que no podía operarme jajaja… y no sé por qué tenía la preocupación de que, por ejemplo, después del examen de sangre que hacen en la clínica me dijeran: “no se puede operar, está embarazada” o algo por el estilo jajaja.
Y llegó el momento: a las 15 horas me vino a buscar otra silla de ruedas y munida de los innumerables exámenes que tuve que hacerme para preparar la operación, me despedí de mi marido, mi papá y mi mamá que esperarían que saliera del quirófano.
En el sexto piso me subieron una camilla y después de las ya repetidas preguntas de una enfermera y el anestesista, me llevaron al lugar donde todo sucedería.
A esa enfermera, de la que no recuerdo el nombre, le tengo un gran agradecimiento: me preguntó si era mi primera cirugía y cuando llegamos a la sala de operaciones me explicó todo lo que ahí había, y a ratos me tomaba la cara o la mano y me decía “tranquilita, todo va a salir bien”. Encontrarse con alguien con vocación en esos momentos tiene un valor incalculable.
Y después de que el anestesista me puso una vía en la muñeca y me introdujo aquél líquido adormecedor, me pusieron una mascarilla con oxígeno, que era como aire helado, y se me comenzaron a dormir los labios mientras veía esa típica imagen de las películas en las que uno ve la lámpara del quirófano. Y no supe más de mí.
One Comment

Agregar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *