El día “D”: La operación ha terminado ¡al fin!

Columna de la editora María Pastora Sandoval.

Por supuesto que no puedo relatar la operación. No sé lo que pasó ni quiero saber a qué ritmo zarandearon mis tripas, porque para eso soy medio cobarde jeje…

La intervención estaba planeada para las 15 horas pero comenzó con un poco de retraso.

Al despertar de la anestesia no abrí los ojos, no pude, sólo sentía que la camilla en la que estaba se movía y era llevada por varias personas, no sé cuántas, pero yo me sentía rodeada. El doctor me dijo algo, no me acuerdo bien, pero entendí que la operación había terminado. Yo no podía hablar y lo único que pude balbucear es “¿cómo salió?” y el médico me dijo “todo muy bien”. Ahí respiré aliviada.
Ya cuando “estacionaron” la camilla en lo que después supe era la sala de recuperación, pude decir “me duele” porque realmente sentía mucho dolor. El doc pidió que a la morfina que tenía le agregaran Profenid.
El monitor que necesitaban las enfermeras para pasar el suero estaba malo, no entendían por qué no funcionaba. Para mí eran segundos eternos de dolor en los que pensaba “¡¿¡¿¡¿Por qué diatres me hice estooooooo?!?!?!” (en realidad no era en palabras tan elegantes lo que pensaba jaja).
Mi única manera de demostrar dolor era quejándome todo el tiempo, para que vieran que de verdad no podía más, y movía la cabeza de un lado para otro.
Las enfermeras seguían peleando por el monitor hasta que finalmente trajeron uno que funcionó. Otra de las cosas que pude decir era “frío” y me taparon con una frazada. Después descubrí que estaban preocupados porque me bajó la presión, pero una enfermera le decía a la otra que no había problema, que estaba controlado. Pero un pito insoportable a cada rato daba la alarma de que tenía la presión baja, y lo odié.
Después me vino a la cabeza la imagen del kinesiólogo que me había dicho antes de la operación qué hacer cuando estuviera en recuperación para evitar una trombosis. Cuando me acordé que tenía que mover las piernas de cierta forma lo intenté y lo hice a duras penas. Y de otra cosa no me acordaba, hasta que después caí que era que debía levantar los brazos si me costaba respirar y ponerme la almohada en la guata si necesitaba toser, pero en ese momento siquiera podía pestañar.
En algún momento mágico me dormí. Después supe que mi operación duró 2 horas y media y estuve 3 horas en recuperación, y que mi papá me fue a ver y ni me enteré.
Nuevamente “despegó” la camilla, ahora con destino a mi habitación. En el pasillo pude ver a mi marido, mi mamá y mi papá que me miraban y me seguían ansiosos de saber qué tal. Yo apenas podía hablar, eso sí que era una cárcel para mí jajaj. Mi mamá me preguntó si tenía dolor y yo le dije “sí, pero me pusieron Profenid”.
Ya instalada en la que sería mi morada por 4 días sólo podía ver cómo mi marido y mis padres conversaban mientras yo trataba de pasar ese momento, mientras descubrí que ya había anochecido y que mi sueño de la cirugía estaba cumplido.
Pasaron las horas. Mis padres se despidieron con mucho cariño de mí. Mi marido se quedó a dormir conmigo y el pobre no pegó un ojo porque calculo que cada dos horas me venían a controlar la presión, la frecuencia cardíaca y la temperatura. Además, en las piernas tenía unas cosas que se inflaban, parecidas a las que toman la presión, que eran contra la trombosis. Y metía ruido a cada rato.
Conforme pasaban las horas me sentía un poco mejor.

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