¿Operarme, yo? ¡no quiero!

Columna de la editora María Pastora Sandoval.

Mi papá se operó hace dos años y cuando iba a hacerlo me dijo que sería una gran solución para mí. Yo no quería, siempre pensé que la operación era una solución demasiado extrema, además irreversible… ¿y si quería un día comer mucho? ¿me arrepentiría de haberme operado?

La insistencia de mi papá fue mucha y al año de operado me comenzó a convencer, pero fuimos a la Clínica Las Condes y la doctora me mandó a hacer dieta. Ese día llegué a mi trabajo llorando como una Magdalena, porque iba a ser gorda toda la vida. De todas maneras, hice la dieta y bajé bastante, pero volví a subir meses después.

Por supuesto, mi papá me siguió insistiendo y a mí ya se me había quitado la idea de operarme, pero siguió ininterrumpidamente su plan hasta que, nuevamente, este año comencé a pensar en la idea.

Lo pensé mucho y finalmente me convenció. Los problemas de salud que yo tenía por la obesidad algún día me pasarían la cuenta y ya me veía a mi marido cuidando a una vieja diabética y gorda…

Para asegurarme un 100% de lo que iba a hacer, le pregunté a muchas personas que se habían operado sobre sus experiencias, y todas me decían que no se habían arrepentido. A la que más le pregunté fue a mi prima y le pregunté si no le daban ganas de comerse un asado completo alguna vez y me dijo que no jeje…

Así es que cuando le dije a mi papá que me decidí a operarme comenzó toda la odisea: pedí hora al doctor Álvaro Garay, quien operó a mi prima y a otras personas exitosamente, y comenzó la aventura.

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