La sal en los primeros años de nuestra vida

Existen numerosas enfermedades ligadas al consumo excesivo de sal: tensión arterial elevada, dolencias cardiacas, infartos, etc. Sin embargo la presencia de este mineral en la dieta infantil no sólo está generalizada sino que excede los límites saludables. Según los expertos, la mayoría de los niños ingiere dos o tres veces más sal de la dosis recomendada.

Si se redujese su ingesta en tan sólo 3 g diarios, en el caso de los adultos, habría un 14% menos de probabilidades de sufrir un accidente cerebrovascular y un 10% menos de riesgo de infarto cardiaco. Los huesos también se beneficiarían, porque el exceso de sal elimina el calcio, lo que puede llevar al debilitamiento o pérdida de la masa ósea, y por lo tanto a una mayor incidencia de fracturas y aparición de osteoporosis.

 Un gusto aprendido: el gusto por la sal y las comidas saladas es adquirido. Las papilas gustativas comienzan a formarse durante los primeros meses del desarrollo fetal, pero al nacer los bebés prefieren los sabores dulces (como la leche de mamá) rechazando los amargos, agrios o salados. Las papilas irán evolucionando conforme el niño vaya creciendo. Entre los 4 y 6 meses toleran el sabor salado, cambio que les prepara gradualmente para la aceptación de los alimentos sólidos. Sin embargo la mayoría de los alimentos en su estado natural ya contienen sodio (mineral componente de la sal común), por lo que la ausencia de sal añadida no interferirá en sus inclinaciones culinarias.

La preferencia por este condimento, como vemos, es una característica de los adultos, no innata. De tal modo que si salamos sus primeras comidas sólidas, el bebé se acostumbrará a tomar sal y asimilará el gusto por ella. Sabiendo esto, no te orientes por tu paladar en el momento de prepararle las papillas. Probablemente si las pruebas las encontrarás sosas y prácticamente insípidas, pero no por ello debes temer que el pequeño rechace la comida. No interferirá en su apetito ni en su salud. El contenido de sodio que tienen los alimentos por sí mismos, son suficientes para cubrir los requerimientos de este mineral en su primer año de vida.

Así, durante los primeros doce meses de vida, no debe introducirse nada de sal en la alimentación de los bebés. Después de esto, la sal añadida empezará a estar presente en la dieta del niño, escondida en los alimentos, como el pan, los cereales del desayuno, la comida preparada… Por lo tanto, para evitar su consumo excesivo debes limitar las cantidades de alimentos procesados, los refrescos industriales y la comida rápida. En la medida de lo posible asegúrate de que el niño tome comida casera recién cocinada sin sal añadida.

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